Un mes dentro de una Isla y fuera del Mundo

Partí desde la Gran Ciudad de Buenos Aires, un destino emblemático de Argentina por ser tan particular, por sus características únicas e irrepetibles. Pero al igual que las ciudades a lo largo y ancho del mundo, Buenos Aires no escapa del ritmo acelerado y congestionado. Una ciudad llena de movimiento y transformación constante, que invita a quien la visita a la diversión y recreación, pero para los que la habitamos rara vez esta ciudad nos invita al descanso y nos sumergimos en la rutina acelerada de la ciudad que siempre cambia y nosotros con ella. Encontramos la monotonía en la acción del constante cambio.

Por esto, y mi rutina en esos años, decidí en el 2017 que era el momento ideal para cortar con ese ritmo de vida, y buscar algo distinto que me brinde descanso y un nuevo paradigma.

Entonces decidí ser voluntaria de Parques Nacionales Argentina, y fue donde me ofrecieron trabajar durante un mes en Isla Victoria. 

Siempre estuve fascinada con la Patagonia Argentina, de todos los viajes que realicé el 60% fueron a esa región; mi preferencia se debe quizás al hermoso paisaje verde, azul y blanco, el ritmo y la calidad de vida de sus habitantes, el aire más puro, la cantidad de estrellas que se pueden apreciar en el cielo patagonico, entre otras muchas cosas más. 

Por eso, cuando me ofrecieron ir a Isla Victoria acepté sin dudarlo, armé mi mochila viajera y partí hacia el Parque Nacional Nahuel Huapi.

La Isla Victoria se convirtió durante ese mes de verano en mi hogar. El viaje hacia la Isla inició desde Puerto Pañuelo en la Ciudad de Bariloche, donde nos encontramos todos los voluntarios con los guardaparques para cruzar el lago Nahuel Huapi.

Nuestro hospedaje fue en una cabaña con vista al bosque, al lago y las montañas. Nuestras tareas principales eran atender a los turistas, hacer reportes, mantenimiento, cartelería, trabajar el vivero con plantas autóctonas y otras tareas más.

Durante esa experiencia aprendí mucho sobre el ecosistema de la Isla, sobre su fauna y flora autóctona y sobre la que era exótica y como esta había cambiado y perjudicado a algunas especies de animales. Planteé árboles arrayanes, construí carteles con madera de árboles que se habían caído y conocí cada rincón de ese magnífico lugar, descubrí las lagunas que esconde en su interior, llegue a lugares a los que no tienen acceso los turistas que solo la visitan en una excursión.

Cada día era distinto al otro, el descanso y la paz reinan en el lugar, el tiempo pasa más lento, y las preocupaciones que tenía en la ciudad desaparecieron por completo. Pero eso no es todo, también cuando menos lo esperaba la isla me brindaba la oportunidad de poder apreciar el majestuoso ciervo colorado que se cruzaba en el camino o al pequeño y único ciervo pudú.

Viví tantas experiencias únicas e irrepetibles en ese lugar, y de todas ellas la mejor quizá fue cuando en mi día libre de trabajo decidí acampar en la playa, en esa oportunidad me propuse disfrutar del maravilloso cielo del Parque Nacional que me regaló incontables estrellas fugaces, y el clima ideal que me permitio quedarme toda la noche y poder disfrutar de ver un amanecer de color rosa, mientras los ciervos bajaban a la playa para poder comer los pastos mas suaves. 

Pasado el mes tuve que retomar el camino a casa y partí hacia Bariloche de nuevo, mientras el barco se alejaba de la Isla, se podía observar entre tanta vegetación y montañas, la Hostería Isla Victoria, ubicada estratégicamente en una de las zonas más elevadas de la Isla, su estructura de madera se camuflaba con el lugar como si fuera parte de la Isla.

Una experiencia única que repetiría sin dudar, para desconectar, relajarse y estar dentro de una Isla y fuera del Mundo. 

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